Mi obsesión por un cuerpo perfecto me llevó a una vida diferente

Un cuerpo perfecto… Esa frase quedó grabada en mi mente por muchos años. Cuando yo era una chica de unos 12 años de edad ya tenía una fijación por contar calorías y dejar de lado los dulces. Si alguien puede hablar de obsesión por el cuerpo perfecto soy yo, pero tranquila. Esta no es la triste historia de cómo fui anoréxica y terminé en rehabilitación. En mi caso las cosas fueron extrañamente diferentes.

Mi “yo” gordo

Cuando yo era aún una adolescente no era la más delgada. Me crié en casa de mi abuelita donde el amor se demostraba con comidas de tres o hasta cuatro tiempos y raciones dobles. Fui una niña a la que se le inculcó el ejercicio. Por eso, amé ir a mis clases de atletismo desde el primer día, correr con mi papá cada fin de semana y jugar a la cuerda con mi mamá. Sin embargo, las raciones dobles en casa de la abuela no pasaban en balde, la verdad es que justo en el momento del cambio de niña a adolescente mi metabolismo comenzó a hacerse más lento. Si a eso le agregamos el bullying de la escuela a las chicas gordas, tuve el pretexto perfecto para comenzar a hacer dieta.

Las dietas

Puedo decirte que he seguido todas las dietas posibles desde que tengo 13 años. Cuando decidí bajar de peso, mi madre me miró con extrañeza. A su vista yo no era gorda. Sin embargo, me apoyó y me llevó al médico. Él le dijo a mi madre que unos kilos menos no me harían daño. Entonces comencé a controlar la cantidad de comida que consumía. Nada de raciones dobles ni dulces después de clase. Descubrí que mi problema no era realmente yo, era la forma en la que me enseñaron a comer. Claramente mi mamá me demostraba amor con dulces y mi abuela con mucha comida. En poco tiempo me convertí en una adolescente atlética y luego comenzaron los extremos.

Las medidas perfectas

Cuando eres adolescente, parece que todo te bombardea, la televisión, los videos con chicas hermosas bailando, las portadas de las revistas y los comentarios de tus compañeras. Pronto me di cuenta de que mi cuerpo no era como el de esas artistas que tanto admiraba. Me obsesione con el cuerpo de Shakira, y comencé a bailar como ella para ver si las curvas me salían de alguna forma. Además, cada semana media mi cintura que en ese entonces era de 58 cm. Recuerdo perfectamente el número pues fue el que conservé hasta mis 19 años. La verdad es que no se cómo nunca me convertí en anoréxica, pues he de confesar que era una usuaria frecuente en blogs de anorexia y llegué a aplicar varios de sus trucos. Así comencé a fumar, a comer hielos y a usar menos tiempo el suéter.

Mi cuerpo y mis amigas

Mi obsesión por el cuerpo perfecto no me daba una cintura reducida. Mis amigas se desarrollaron muy rápido y la verdad nunca he sido una chica con mucho busto, pero sí con grandes piernas. Eso me aportaba algo extra que mis amigas no tenían. Entre la obsesión por tener el cuerpo perfecto a mis 16 años, encontré algo que cambió mi forma de ver y pensar en este. Un día, sin querer, patinaba en hielo con unas amigas. En medio de la pista estaba una chica preciosa de cabello negro y enormes piernas que daba vueltas y vueltas. Era la maestra de patinaje. Ilusionada con dar vueltas como ella, le rogué a mi mamá que me pagara unas clases de patinaje. Mi papá, como siempre, me solapó y hasta me llevó a las dichosas clases.

Descubrí mi cuerpo

Quizás fue la maestra, parte de mi educación o que suelo ser muy introspectiva, pero en esa clase me di cuenta de la fuerza que tenían mis piernas. Descubrí que mientras más patinaba, nuevos músculos se formaban en mi cuerpo y un día sin pensarlo me vi al espejo. Entonces me gusté y aunque ya no pude ir a más clases de patinaje me descubrí. Así que cada vez que mis amigas veían en sus cuerpos los gorditos o me presumían sus grandiosas curvas, yo me veía al espejo y miraba un cuerpo firme, funcional y con curvas diferentes. Además de una gran capacidad física que ninguna de ellas estaba interesada en tener. No te voy a mentir. Sí seguí con las dietas y en ocasiones me sentía como la más gorda del mundo. En realidad, los pasos en los que me sentía mal conmigo misma eran reducidos y después llegaba a mi mente los kilómetros que corría y lo fuerte que era. Así dejaba de importarme todo lo demás.

Las burlas ante todo

Varias veces mis compañeras de la escuela se burlaron de mis brazos con músculos. Algunas ocasiones recibí comentarios muy hirientes sobre lo grandes que eran mis piernas y glúteos. Me decían payasita y cosas por el estilo, pero yo no iba a dejar de correr por eso. La fuerza que sentía mientras corría y el flujo a través de mis piernas me hacía querer más. Así que lloraba de vez en cuando, pero otros días al pasar junto a ellas y dejarlas de lado me daba cuenta de que ni su mente ni sus cuerpos podrían alcanzar las cosas que yo sí. Sí, hay algo de narcisismo en todo esto, pero no al grado de enfermedad.

Esta obsesión me enseñó disciplina

Fue extraño, pero tener esta obsesión por una cintura de 58 cm me enseñó a levantarme temprano para correr. También a comer saludable y a dejar de lado todos esos antojos que tenía antes. Me enseñó a darlo todo de mí en las clases de atletismo y a hacer abdominales cada mañana. Afortunadamente nunca llegué al extremo de la vigorexia, pues mi papá intentaba mantenerme en equilibrio regalándome otras fuentes de inspiración. Los libros fueron mi escape emocional, mis pinturas una forma de expresarme y el ejercicio la fuerza que me condujo a ser quien soy el día de hoy.

Lo que intento decirte es que estar delgada sin un propósito es como tener un lienzo sin tener pinceles. No importa si te obsesionas con tener un cuerpo perfecto si encuentras las razones adecuadas. Hazlo porque te sientes fuerte, porque te da paz mental, porque te inspira y te saca adelante. A veces querer entrar en un vestido no es una razón suficiente para echarle ganas al gym. Necesitas encontrar la felicidad hasta en las cosas más tontas como una medida y trabajar por ello.

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