Así se siente vivir con Ana y Mía

Si alguna vez has tenido un desorden alimenticio, sabes de quienes estoy hablando. Sí, no te las presentaré, mis mejores amigas por un largo tiempo fueron Ana y Mía (anorexia y bulimia). Este es el nombre que se les dio hace ya mucho tiempo en internet y ahora, aunque censuradas, siguen en redes sociales y espero que nunca caigas en ellas.

Cuando me di cuenta de que era gorda

Yo tenía unos 11 años cuando comencé a preocuparme por cómo lucía mi cuerpo. Mis amigas eran muy altas, aunque y realmente delgadas. Sus mamás les enviaban en sus cajas de almuerzo pequeñas porciones de comida, comparadas con las que mi madre me hacía ingerir. No es que mi madre quisiera una hija gorda, solo que estaba acostumbrada a hacer lunch para muchas personas. En su casa tenía más de cinco hermanos y, por ende, la cantidad de comida era abundante, comparada con la que tenía que preparar con solo dos hijas en casa. Preparaba dos sándwiches completos , una porción de papas, fruta, un cuadrito de jugo y alguna golosina. Comencé a notar la diferencia entre cómo lucía mi cuerpo y el de mis amigas cuando nos cambiábamos para ir a las clases de danza. Fue entonces cuando conocí a Ana.

Ana llegó a cambiar mi vida

Yo solo quería ser flaca y bonita como mis amigas, así que comencé a regalar mi comida en el receso. En ese entonces comencé a ingerir solo una manzana, agua y tres galletas del paquete diario que me mandaban. Lo demás acababa en manos de mis compañeros. Aprendí a racionar mi comida y moría de hambre todos los días. A veces tenía sueños en los que comía una pizza entera, entonces me levantaba con miedo y sudando. Me reconfortaba que solo era un sueño. Mi mamá comenzó a ver el cambio y solo pensó que era el crecimiento que estaba teniendo.

No podía ocultar la falta de alimento

Fue sencillo evadir la seguridad de mi madre por algunas semanas. Sin embargo, de repente mis padres comenzaron a exigirme cenar en la mesa y dejar la comodidad de mi cuarto. Así fue como conocí a Mía, pero esto no fue remotamente sencillo. Vomitar no es algo que se hace con facilidad, mucho menos en una casa chica. Tuve que aprender mil trucos para llevar a cabo mis fechorías. Por si fuera poco, comencé a involucrarme en salas de chats con chicas que hacían lo mismo que yo. En aquel tiempo las restricciones en internet no eran estrictas y podías encontrar un montón de páginas llenas de tips y de personas con quienes platicar. Así conocí a Betzabé.

Mi cambio no solo me hizo cambiar de ropa

Además del cambio de talla, cambié de amigas, pues por aquel entonces mi humor estaba pésimo. Aunque tenía el abdomen sumido y amaba ver mis costillas, mi cabello comenzó a caerse de mi cabeza a mechones. Mis amigas insistían en que comiera, me acusaron con la maestra y la maestra con mi madre. Así comencé ir al psicólogo, quien insistía en que era una forma de llamar la atención de una madre ausente. Nadie entendía que lo único que yo quería era ser flaca y bonita, solo Betzabé, una amiga que hice en línea. Hablábamos todos los días en línea. De hecho, vivíamos relativamente cerca. Estuve en rehabilitación. La primera vez que entré ahí pesaba 46 kilos. Poco a poco me fui rehabilitando hasta comenzar una vida más o menos normal.

Ana y Mía parecían haber salido de mi vida

Comencé a agarrar fuerza y me uní al equipo de natación de la escuela. Sin quererlo, la obsesión por estar delgada fue mitigándose aunque muy en el fondo, aún contaba calorías y vomitaba de vez en cuando. Tuve una mejor vida hasta que mi amiga Betzabé murió a causa de la anorexia. Con 48 kilos, ella era un pequeño esqueleto la última vez que la vi en una foto. Entonces, mis amigas Ana y Mía se presentaron al funeral y me recordaron qué es sentir ansiedad y tristeza. Recaí, peor que nunca. Pesaba 47 kilos después de un mes de solo comer tres galletas al día, cuatro litros de agua y masticar hielo. Mi madre sabía que mis viejos hábitos estaban de vuelta. Por más que intentará disimularlo, la talla de mi ropa me delataba.

Mi mamá consiguió apoyo de chicas que habían pasado por lo mismo

Estas chicas fueron mi apoyo, por fin alguien me entendía. Lamentablemente estuve en subidas y bajadas hasta mis 25 años. Me descalcifiqué mucho estos años, pero por fin conseguí dejar a mis amigas a un lado. No te voy a mentir, viví un infierno en esos años. En realidad era una mezcla de odio, resentimiento y tristeza que no acabo de entender bien de dónde vino. Afortunadamente, mis padres creyeron en mí, me apoyaron mucho igual que mi hermana. Después de la muerte de mi amiga comprendí que la vida es un segundo y se va. La lucha contra mí misma ahora va en otra dirección.

Ser feliz puede ser difícil para algunas personas. Esa época de mi vida fue como un periodo de oscuridad. Después de la rehabilitación final, me convertí en psicóloga y escogí terapias alternativas para subir mi ánimo. El yoga y el taichi me ayudaron a entender mi mente y a controlar mi cuerpo. Aunque, confieso, Ana y Mía me acosan por los rincones de cuando en cuando. Afortunadamente me he forjado una jaula alrededor. Una de luz para que todos mis malos pensamientos se diluyan y no logren penetrar. Espero que no tengas que pasar por esto nunca y, si lo pasas, es tiempo de recurrir a tus amigos y familiares. La vida es muy corta para contar calorías o darle toda la cena al perro cuando no te ven. Tienes más valor dentro de ti del que crees.

Este video te puede gustar