Vida en la ciudad VS. en el campo; ¿cuál prefieres?

Contaminación, tráfico, mucha gente, vida nocturna, ruido y muchas comodidades… La ciudad tiene un encanto que solemos odiar en muchas ocasiones, lo he comprobado. Hace poco que pasé una semana en el campo me di cuenta que los citadinos estamos un tanto locos. Seguro te ha pasado.

Cuando sales y comienzas a relajarte…

Salí de viaje de trabajo a una comunidad indígena que se encuentra en un pequeño pueblo de Veracruz, México. Apenas salí a la carretera, el aire a mi alrededor cambió de densidad. El camino de noche se veía hermoso con una super luna amarilla y miles de estrellas a mi alrededor. Definitivamente cuando sales de la ciudad el estrés es algo que dejas colgado detrás de la puerta de tu casa. Hasta que…

La vida no corre con tanta calma

A mí, el gusto siempre me dura poco. Como buena citadina estoy acostumbrada a que las cosas salgan lo más rápido posible. Aquí es cuando me doy cuenta de que en la ciudad vivimos con un ritmo demasiado absurdo. La desesperación es parte de nosotras. Llegué a un restaurante esperando desayunar rápido y salir disparada a la comunidad que literalmente queda en un sitio muy despoblado. Perdí la paciencia mientras la chica del restaurante se tomaba el tiempo para tomarme la orden y traerme un café. Además, tuve que recordarle traer azúcar y algo de leche deslactosada. Normalmente una chica de la ciudad me hubiera traído eso directamente con el café y me habría preguntado el tipo de leche que consumo, cosa que en los pequeños pueblos o ciudades no pasa. En los pueblos solo hay leche de vaca y si quieres pasarte de exótica tal vez te ofrezcan leche de burra.

Las horas en el campo no pasan, se viven con la debida calma

Las jornadas laborales para la gente que vive en un pueblo son suaves y sin tantos líos. En cambio, en la ciudad ves a gente corriendo en la calle o peleándose por entrar en el transporte público. En el campo hay personas que el lunes se encuentran acostadas en una hamaca contemplando el atardecer. Encontrar la paz interior en estos espacios libres de tanto estrés fue para mí un reto los primeros días. Acostumbrada a levantarme como gallo, correr al gym, trabajo, citas y muchas otras actividades. Llegué a un espacio donde ni siquiera trabajaba con zapatos. Te cambia la perspectiva.

Te das cuenta de cosas que no aprecias

Es cierto que en la ciudad tenemos mil comodidades, pero hay una de la que no disfrutamos casi nunca: tiempo a solas. Es casi imposible que dejes de lado tu celular para estar un momento a solas inmersa en tus pensamientos. Algo que amo de estar lejos de la ciudad es que puedes convivir un poco más contigo. El segundo día que tuve tiempo libre, dejé el Netflix, mi celular y me metí a la alberca del hotel por la noche. Eran las 8 p.m. y la noche estaba espectacular. El agua ni siquiera olía al típico cloro al que me enfrento en la alberca de mi gimnasio. Cuando estás alejada del ruido hay muchas cosas que se ponen en perspectiva.

Hasta la comida sabe diferente

Nunca será lo mismo comer al lado de una computadora, que comer en una mesa tú sola disfrutando la comida. Hay muchas cosas que pasamos por alto en la ciudad, porque intentamos hacerlo todo sin disfrutarlo. Comemos, corremos, vemos atardeceres detrás de los vidrios de la empresa donde trabajamos y cuando menos lo esperamos la vida se va.

En conclusión

Para mí ni el campo ni la ciudad. Creo que el cambio no solo viene del entorno sino de dentro de nosotros mismos, pues cada día que pasamos sin disfrutar cosas tan simples como ver el amanecer u oler nuestra comida es un día perdido. Un día perdido sin hablarle a la gente que amas, o pensar en las metas que quieres.

Ni vida en el campo ni en la ciudad, yo elijo vivir la vida a mi manera. Sin tanta prisa y a veces con ella. Unos días acostada en cama solo imaginando y otros más afuera en la vida real conociendo más cosas. La vida no se hace mañana se hace hoy.

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