Terminé con un chico con el que salí 9 años y sobreviví

Era 2012 cuando terminé con un chico con el que salí durante nueve años. Por aquel tiempo se decía que el fin del mundo estaba muy cerca. No sabía qué tan cierta sería semejante afirmación, pero yo sentía que el mundo se había acabado para mí. La vida como la conocía había terminado y nada volvería a ser igual. Tenía 10 años cuando lo conocí y 11 cuando me hice su novia. Cuando decidí ponerle fin a nuestro noviazgo no era consciente de lo que se vendría. Terminar con él fue lo más fácil, pero el proceso de duelo fue complicado. En ese momento no pensé que al dejarlo a él, nuestro microcosmos desaparecería. Dejarlo significó dejar a su familia, dejar de frecuentar a los amigos en común y aprender a estar sola.

Solo terminé con un chico, pero para mí fue el fin del mundo

Fue así como entonces tuve mi propia versión del fin del mundo. Tal vez suene exagerado, pero las personas que han pasado por algo similar, lo comprenderán. Por la noches me invadían los recuerdos. Quería llamarlo para decirle que todo había sido un error; sin embargo, él ya estaba con alguien más. Jamás se me ha dado muy bien suplicar. Lo dejé así. Tuve que volver a empezar de cero. Alejé de mi mente los recuerdos, los buenos y los malos momentos. Pero fue inútil, me di cuenta de que la complicidad que él y yo habíamos generado no la encontraría con nadie más. Antes aborrecía la rutina, pero ahora añoraba ver películas y comer palomitas con él, como en los viejos tiempos. Las cosas se estaban saliendo de control, no dormía, perdí el apetito y tuve ataques incontrolables de llanto. Aún deseaba llamarlo, entonces me propuse olvidar su número telefónico. Extrañamente lo logré y entonces las cosas mejoraron.

Puse distancia para así sanar

A muchas personas les funciona hacerse amigos de su ex para superar la ruptura, a mí me sirve poner distancia. Dejé de salir con él en “plan de amigos”. Su novia lo llamaba todo el tiempo y era exasperante tener que compartir tiempo con él más a fuerza que de ganas. Así lo sentía yo. Todos los días estaba con ella y a mí no podía darme dos horas de su semana. Comprendí que había pasado a segundo término y lo dejé por la paz. No fue fácil. Pasé por varias etapas. Negación, enojo, tristeza, actitudes destructivas, el famoso cambio de imagen y el típico encuentro para devolverle sus cosas. Después vino una etapa de odio y desprecio. Aún sigo sin entender cómo puedes odiar, de forma tan pura, a alguien a quien antes amabas. No lo toleraba y me molestaba que me relacionaran con él. Por fortuna, con todo este infierno personal, al fin llegó la codiciada aceptación.

Es verdad, el tiempo todo lo cura

Aunque se lee y se oye muy fácil, aceptar las cosas no es sencillo. Es un proceso difícil, lleno de angustia. No es sencillo olvidar el pasado, pero para vivir es necesario aprender a soltar y dejar ir. Al mismo tiempo la resignación, también, fue la mejor etapa de todas. Resignarse significa aceptar, aprender que en la vida a veces se gana pero también se pierde. También hay un aprendizaje a la inversa. Cuando ya no hay nada que perder, se tiene todo para ganar. Además, descubrí que se aprende más de las malas experiencias que de las buenas. El dolor nos hace crecer, nos vuelve más humanos. Aprendí también a valorar a las personas. Es verdad, no siempre estarán para nosotros. Por otra parte, pude hacerme amiga de todos mis demonios, mis defectos y mis miedos. Ahora me doy cuenta de que, a veces, cuando sucede lo que tanto temes, puede ser un gran golpe de suerte.

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