Si sigues buscando al “príncipe encantador”, terminarás decepcionada de los “sapos” que conocerás

Debes saber que desde pequeña he sido una chica muy soñadora. Me gusta mucho crear, imaginar y, obvio, soñar. Aunque siempre niego ser fanática de las historias de princesas, muy en el fondo, sé que soy una completa fan de ellas. Me encanta saber que las princesas siempre son rescatadas por ese ser tan especial e importante: el “príncipe encantador”.

Eso quiero para mi vida

Cuando estaba pequeña, me encantaba leer todas estas historias. Incluso en más de una ocasión le pedí a mis padres que me compraran vestidos de princesas y cada vez que jugaba, siempre había un príncipe que me rescataba. Crecí con ese ideal y, sin duda, yo quería que un “príncipe encantador” llegara a mi vida. Mis padres pudieron darme una vida en la que tenía ciertos lujos, además de que siempre estudié en escuelas particulares, por lo que siempre estuve rodeada de gente con los recursos económicos necesarios. Desde la primaria, hubo muchos chicos que me pretendieron y gracias a sus recursos podían invitarme dulces costosos. Conforme fui creciendo, los lugares fueron mejorando. Ya para la prepa, salía con chicos que tenían carro propio y que podían invitarme a restaurantes buenos. A mí me encantaba eso pues, como dije, me tengo gustos caros. Si ellos podían mimarme, eso me encantaba a mí.

Novios de alta sociedad

Tuve algunas relaciones ya más formales cuando me encontraba en la uni. Esos chicos me hacían feliz, pues además de hacerme sentir querida, me daban regalos muy buenos. Tuve un novio cuya familia viajaba con frecuencia a Europa y me traían chocolates costosos, buen vino y muchas otras cosas. Tal vez por eso me acostumbré tanto a la buena vida. De entre todos esos novios, hubo un chico que en realidad no fue mi novio. Sin embargo, me hizo encapricharme con él de tal forma que quería que sólo fuera él y nadie más.

Llegó el “príncipe encantador”

Aunque nunca formalizamos una relación, la pasaba increíble con él. Eso sí, él salía del estereotipo al que yo estaba acostumbrada. No era un chico con mucho ni poco dinero, digamos que estaba en un término medio. Cuando salíamos, no me invitaba siempre a los restaurantes que a mí tanto me gustaban, pero la verdad no me importaba porque lo que disfrutaba era su compañía. Es más, no importaba si nos sentábamos en la banqueta a beber una cerveza. Yo la pasaba increíble con mi “príncipe encantador”. Sentía que ya habían llegado a rescatarme, pero el problema es que él no pensaba lo mismo. Jamás me vio como algo más que sólo una amiga. Por eso nunca se animó a formalizar el asunto. Yo, aferrada a él, busqué la forma de que las cosas cambiaran a mi favor, pero jamás lo logré.

Tuvimos que decirnos adiós

Tal vez lo presioné tanto, que llegó un punto en el que él prefirió alejarse de mí. Ya lo sofocaba, ya no la pasaba bien conmigo porque sentía que cualquier “mal movimiento” yo lo iba a tomar como una señal a mi favor. Muy a mi pesar, tuve que dejarlo ir. Luego de él, llegaron otros chicos, pero para mí no eran lo suficientemente buenos. Luego, varias amigas me dijeron que me encapriché con el otro chico y que mientras siguiera así, ningún otro hombre me haría sentir contenta. Si de verdad quería ser feliz en algún momento, tenía que dejar de comparar a todos con él.

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