Se supone que hoy era el día más feliz de mi vida, el día de mi boda, pero…

Recuerdo el día en que me pediste que me casara contigo. Estábamos con los amigos en una fiesta y de pronto dejó de sonar la música para que tú dijeras esas lindas palabras. En cuanto te escuché, me sentí muy afortunada y sin pensarlo dos veces acepté. Sí, esperaba con ansias el día más feliz de mi vida.

Toda historia comienza siendo rosa

Cuando lo conocí, era el hombre más amoroso del planeta. Siempre que me iba a ver, tenía algún detalle para mí. No necesitaba gastar para sorprenderme. Cada vez que tenía reunión con mis amigos, me encantaba que él me acompañara. Parecía que también él se sentía a gusto cada vez que salíamos. Siempre he tenido amigos muy amorosos conmigo y un día parecía que eso era lo que le molestaba. Recuerdo que un día, al regresar de esa reunión, se puso como loco a decirme muchas cosas. Aseguraba que era infiel o que mi amigo sólo se acercaba a mí porque quería algo más. En ese momento logramos controlar la situación y sólo quedó en eso. Nunca más tocamos el tema. Pensé que la cosa había terminado así, pero que equivocada estaba. Reuniones después, ya no se esperaba a llegar a casa para hacerme una escenita. Hubo ocasiones en las que lo hacía en el carro, al salir de la reunión y después sin poder alguno, se ponía loco frente a nuestros amigos.

Nadie decía nada

Al principio, tanto sus amigos como los míos, me decían que esas actitudes ya eran constantes y no era nada sano para mí. Sin embargo, yo no escuchaba a nadie. Estaba ciégamente enamorada y pensaba que yo lograría que él fuera diferente. ¡Que tonta fui! Nuestros amigos insistieron varias veces, pero nunca quise escucharlos. Luego de muchos intentos, ellos se dieron por vencidos y dejaron de decirme cualquier cosa respecto a nuestra relación. Sí, debo confesar que en muchas ocasiones terminé enojada con todos ellos por defenderlo a él. 

¡Viviremos juntos!

Aún contra la corriente, decidimos irnos a vivir juntos antes de casarnos. Queríamos empezar a ahorrar y construir nuestro pequeño hogar. Los primeros días viviendo juntos, él se portaba muy amable y todo iba de maravilla. Me llevaba el desayuno a la cama, me pasaba a dejar al trabajo y me recogía. En fin, sus detalles llegaban a sofocarme, pero no dije nada. Un día, por andar a las prisas, le dije que me ahogaba un poco tanta atención conmigo. Pareciera que quería estar pegado a mí todo el día. Cuando le dije eso, él me miró fíjamente y me sujetó del brazo de manera que me lastimó. Salimos de casa y nos fuimos a trabajar. Al llegar la noche, comenzó a portarse grosero o mejor dicho indiferente. Me sentía culpable de que estuviera así, pues era mi culpa por lo que había dicho.

Muchas veces fue mi culpa

Así como esa, hubieron otras veces en las que algo pasaba y yo sentía que era mi responsabilidad. Como dije, las primeras ocasiones eran insultos, luego jalones de brazo y al final comenzaron a ser los golpes. Si no era porque me celaba, era porque decía que no sabía cocinar o porque me sentaba en su sitio favorito. Eso nadie lo sabía, no me atrevía a contarlo, pues sentía que era mi culpa. Aún así seguía con la idea de que me casaría con él, pues a pesar de todo, sabía que me amaba.

Así fue, hasta que un día me golpeó tan fuerte que terminé en el hospital. Nadie supo lo que realmente me pasó. Creían que había tenido un accidente en el auto. A partir de ese día comencé a tener miedo, pero no miedo de que él se fuera. Tenía miedo de que me matara un día. Me daba miedo que llegara enojado del trabajo sin razón aparente y comenzara a golpearme. Eso me daba mucho temor. 

Llegó el día de la boda

Esa mañana, como todas las demás, él salió a hacer ejercicio. Me dijo que estaba feliz de que al fin había llegado el día de nuestra boda. Yo esbocé una fina sonrisa y dejé que se fuera. Pasaron una y dos horas, comenzaron a llegar a mi casa para peinarme y arreglarme para mi gran día. Todo estaba casi listo, pero él no aparecía. La familia y amigos comenzaron a preocuparse de que él no aparecía. Todos trataban de consolarme y me decían que todo estaría bien. En el fondo yo sabía que nuestros amigos festejaban que no apareciera, pero nadie comentó nada. Pasaron más horas y no sabíamos nada de él. De repente sonó el teléfono, era la policía. Habían encontrado a un hombre con sus datos. Inmediatamente fuimos a reconocer el cuerpo. En efecto, era él. Yo simplemente quedé estupefacta. Todos estaban en shok. 

Me fui a encerrar a mi cuarto

Regresamos de todo el papeleo que se tenía que hacer. Por fortuna, sus padres fueron los que se hicieron cargo, pues yo aún no era su esposa. Al llegar a casa, todo mundo quería quedarse ahí, conmigo. Yo lo único que deseaba era estar sola. De mala gana, cedieron a irse, pero me aclararon que si necesitaba algo, no dudara en llamar. Cuando por fin me quedé sola, recibí una llamada. <Ya fue hecho, al fin podrás descansar esta noche>. Me había llamado el hombre que contraté para que lo matara. Sí, al fin podría descansar porque él ya no estaría ahí.

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