Renuncias de una madre

Cuando te conviertes en madre, renuncias a todo, pero lo que nadie te dice, es que en muchas ocasiones renunciarás también a tu propia identidad. Imagina que ya sabes todo lo que quieres para tu vida, ya has logrado terminar esa carrera que tanto anhelabas y por fin conseguiste el trabajo de tus sueños. Todo va bien, no tienes problemas económicos y en tu trabajo todos te admiran. Todo va de maravilla y sientes que tienes el mundo a tus pies.

Todo marcha bien hasta que decides convertirte en madre…

Al tomar ese cambio en tu vida, sabes que muchas cosas cambiarán. Para empezar, esperas poder seguir laborando mientras llega el día en que nazca tu bebé. Pero, ¿qué pasa si tienes alguna complicación y debes dejar de trabajar antes de lo pensado? Al llegar tu bebé, esperas disfrutar los meses de incapacidad y regresar con toda la pila cargada a hacer lo que tanto amas. Obviamente, tendrías que dejar a tu bebé a cargo de alguien más para poder desenvolverte profesionalmente.

Una vez que llega el momento de volver a tus actividades, te sientes feliz pero a la vez triste, incluso cansada. La maternidad es mucho más de lo que imaginabas: más demandante, más agotadora. Todo cambia, porque ahora, aunque sabes que regresarás a hacer algo que amas, no quieres dejar a tu bebé con nadie que no seas tú.

Seguir o rendirte

Puedes optar por renunciar o acortar tus horas de trabajo para poder estar presente en la crianza de tus hijos. En un principio puede pasar que te sientas triste por dejar de hacer cosas que amas, pero estarás feliz de saber que estás invirtiendo tu tiempo en ellos, en darles tu amor y tus conocimientos.

Sin duda, en todo este proceso pasarás por un verdadero caos emocional, físico, social. Habrá momentos en los que te sientas completamente sola y otros sentirás que le importas a todo el mundo. Para algunos dejarás de ser tú y pasarás a ser sólo la mamá de fulanito o sutanita.

La culpa se apodera de ti

Habrá momentos en los que desees estar más tiempo en el trabajo y menos horas en casa, porque llega un día en el que te cansas y quieres tener más vida de adulta con tus amigas en un café o yendo al cine con tu pareja sin ninguna otra preocupación. Desearás haber aceptado esa magnífica oferta de trabajo, que tuviste que rechazar porque dejarías de ver a tus hijos. Lo peor es que no podrás externar nada de eso, pues sentirás que al hacerlo serás la peor madre del mundo.

Tranquila, no te sientas mal por ello, porque aunque no lo creas, todas hemos renunciado a algo y lo hacemos cada día. Nosotras llevamos una carga muy pesada que aunque es evidente, nadie quiere ver ni valorar ni reconocer. Terminamos renunciando a nuestra vida, a la pareja, a las amigas, al descanso o a algo más. Lo mejor que podemos hacer entre madres, es no criticarnos o juzgarnos. Sólo nosotras sabemos lo que pasa y sería mejor tener un poco de empatía entre nosotras.

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