No dejes que el dolor ajeno te dañe tanto como a mí

¿No te ha pasado que cuando ves a alguien sufriendo sientes como si ese dolor fuera tuyo? Tal vez parezca un tanto extraño, incluso podrías tirarme de a loca. Sin embargo, el dolor ajeno parece tener un efecto negativo en mí. Algunos creen que lo que tengo es un don, pero yo más bien creo que es algo malo. Mi grado de empatía hacia los demás supera el rango aceptable, tan es así, que termino poniéndome en su lugar sin importar si el suceso es bueno o no.

Empática en dosis extremas

Desde que tengo memoria, siempre me ha gustado ayudar al prójimo. Sin necesidad de que mis padres me lo inculcaran, siempre termino (o más bien, terminaba) poniéndome en el lugar de todos. Eso hacía que “viviera en carne propia” sus emociones. En parte era bueno, pues comprendía y experimentaba lo que ellos estaban sintiendo. Aunque si lo vemos de manera honesta, terminaba siendo un arma de doble filo que sólo me dañaba a mí.

El dolor ajeno me desgasta

En un principio, pensaba que era cosa mía, pero estando en terapia me di cuenta de que lo que tenía en verdad existe. Se le conoce como síndrome de desgaste por empatía. A la empatía que “daña”, se le conoce como contagio emocional. Esta hace que nos contagiemos de las emociones de los demás, pero el problema es cuando  no tenemos la capacidad de protegerme. Lo malo es que este comportamiento se dio de la nada, sin que yo lo planeara. Debido a eso, en vez de solo ayudar o sentir empatía, sufro por lo que otros sienten, pues las emociones me arrastran hasta lo más profundo. Como dije, antes ocurría con frecuencia, pues no tenía las armas necesarias para enfrentar la situación.

Todo me afecta

Si se moría el ser querido de algún amigo o vecino, yo convertía ese dolor en algo propio. Terminaba sufriendo y sintiéndome mal, como si la pérdida hubiera sido mía. Lo peor fue que no lo hice una o dos veces, fueron muchas y desde mi infancia. Con el paso del tiempo, eso me ha ido desgastando poco a poco. Ahora no solo sentía el dolor del otro, sino que tenía fatiga como resultado final de todo ese proceso. Lo único que quería era aliviar el malestar del otro, sin darme cuenta que terminaba dañada yo también. Mi terapeuta me comentó que hay algo de información al respecto. La Universidad Adventista del Plata concluyó que el desgaste por empatía se vincula a la atención y reparación emocional. La atención emocional es la habilidad para prestar atención a las emociones y estado de ánimo. La reparación emocional se refiere a las actividades que puedes realizar para regular tu estado de ánimo. Por ejemplo, marcar distancia psicológica para mantener el equilibrio propio. En mi caso, le prestaba más atención de la debida a las emociones no sólo mías, sino de quienes me rodeaban.

No todo está perdido

Es un hecho que el dolor me afectó demasiado durante mucho tiempo y yo no lo sabía. Lo bueno es que pude hacer algo al respecto, pese a los años pasado. La terapia fue un gran paso, pero la verdadera solución estaba sólo en mis manos. Tuve que buscar diversas actividades que me ayudaran a mantener la mente ocupada para proteger mi equilibrio emocional. Así podía liberar el estrés que tenía acumulado, al igual que las preocupaciones innecesarias. También opté por comenzar a practicar yoga, para recargar mi parte emocional y estimular la paz en mi interior. Lo que me costó más trabajo fue dejar de tomar todo lo ajeno como propio. La distancia psicológica me enseñó a ser distante, pero no indiferente. La terapia sigue conmigo por un tiempo más. Y lo más importante, mi conciencia para detectar si la estoy regando de nuevo.

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