Mi mamá me dijo: “Cada vez que lo perdones él te amará más y tú dejarás de quererlo”

Cuando comencé a salir con mi marido, hace ya 20 años, era un muchacho encantador. Desde que lo vi en la universidad quedé encantada con él. Cada vez que lo veía alzar la mano en las clases que compartíamos se me erizaba la piel. Conforme pasó el primer año de carrera nos conocimos y comenzamos a salir. En ese entonces, mi mamá me lo dijo muchas veces: “Cada que lo perdones, él te amará más y tú dejarás de quererlo”.

El novio ideal

En los primero meses de relación algo en mi interior me decía que era demasiado perfecto para ser verdad. No obstante, mi parte enamorada dejaba a esos malos pensamientos de lado y me permitía soñar tan alto como podía. Así que la primera vez que lo encontré coqueteándole a una de mis amigas durante una cena de Navidad, no le dije nada. Meses más tarde, me engañó con una de sus compañeras de clase. Lo caché en el acto: salió a desayunar con ella a un restaurante cerca de la uni y a mí me había dicho que ya estaba en casa. Para su mala suerte yo me encontraba en exámenes y decidí ir a desayunar con una amiga. Después de tremendo drama, me ofreció disculpas por casi un mes y medio hasta que accedí a continuar con la relación.

Cumplimos tres años de novios

Mi marido tuvo suerte: apenas salimos de la universidad y una gran empresa lo contrató. Lo enviaban fuera del país y fue ahí cuando me pidió matrimonio con tal de que me fuera con él. Sentía que íbamos a vivir una de esas historia de amor que pocas veces se ven en el mundo real. Así que dejé la casa de mis padres, me casé y me fui a un país desconocido en el que no conocía a nadie y ni siquiera hablaba el idioma. La verdad es que fue un cambio muy duro. Al no tener permiso para trabajar mis días se iban en ser ama de casa. Mi padre, al otro lado del mundo, me lloraba por teléfono. “¿Qué estas haciendo allá tan lejos de nosotros y dónde quedó la chica que quería ser periodista? ¡Regresa por favor!”. Me suplicaba mi padre por teléfono. Las cosas entre Daniel y yo no iban del todo bien, me dejaba todo el día en casa y regresaba ya muy noche. A veces no le veía la cara en tres días. Y las pocas veces que lo hacía peleábamos.

“Pero, yo lo amo”

Le decía a mi madre por teléfono. Estaba cegada, regresar a mi casa con la cola entre las patas no era una buena opción para mí. Sin experiencia laboral, un marido ausente y una tendencia al alcoholismo que iba en aumento, no sabía qué hacer. Luego, un día conocí a una chica de mi país, que vivía cerca de mi casa. Nos hicimos amigas, más que eso: yo la sentía como parte de mi familia. La única que tenía en ese extraño país. Fue por ella que comencé a hablar un poco de inglés, me enseñó muchas cosas que me ayudarían a sobrevivir. Cosas que mi marido no tenía la paciencia de explicarme.

La vida mejoró

Después de dos años fuera de mi país, esta amiga me ayudó a conseguir permisos para trabajar. Comencé desde abajo. A mi marido no le pareció nadita bien que saliera de casa a trabajar, pero después de llorarle muchos meses, cedió. Era una prisionera sin darme cuenta. Iba del trabajo a casa y en casa pasaba varias horas antes de dormir limpiando, arreglando y haciendo la comida para el siguiente día. De vez en cuando mi marido regresaba a casa a altas horas de la noche, claro que yo pensaba que estaba trabajando duro. Él se portaba muy cariñoso a veces. En otras ocasiones no. Era como una moneda al aire. Día con día sus facetas cambiaban.

Una cena de negocios

Una noche mi marido me pidió que lo acompañara a una cena en casa de su jefe. Nunca había sido requerida en tales eventos. Se me hizo la cosa más extraña pero aún así, emocionada, lo acompañé. Era una casa muy elegante. Mi marido se comportó como un caballero. Yo estaba muy desconcertada con su actitud. La noche paso rápidamente, pero desde que llegamos una chica rubia con ojos llorosos me veía a un costado de la mesa. Algo en ella me resultaba familiar. Fue hasta el brindis que mi marido se paró y me dio las gracias por ser una maravillosa esposa que esta chica se levantó de la mesa en llanto y salió del lugar a toda prisa. Ya sabía lo que estaba pasando.

Perdonar y esperar lo mejor

Era la historia de mi vida. Desde la primera vez que sorprendí a mi marido pasé por alto todas las señales. Pensaba, que al final él regresaba a casa conmigo y todo estaba bien. Tenía una casa, una vida, trabajo y de vez en cuando buenos días con él. El amor fue muriendo poco a poco desde la primera vez que me engaño. Aunque varias veces lo cache y lo perdone. Ya nada era lo mismo. Lo hizo una y otra y otra vez. Con cada chica un nuevo corazón roto y más karma, más drama, más resentimiento.

¿Por qué?

Esa noche que me metí al coche le pregunte: “Dime por qué te casaste conmigo si ibas a seguir de ca.. con otras chicas. Sinceramente a mí ya no me importa, pero ¿a ellas?”. Él se me quedó mirando largo rato. “Amor, lo siento no es lo que te imaginas. Esa chica se enamoró de mí y yo no quería nada con ella. De verdad, estas imaginando cosas”, dijo. Comencé a reírme nerviosamente:

–Espero que un día el karma te alcance y la vida te cobre por todo el daño que has hecho. Mañana temprano me voy a casa y no quiero que me sigas.

Comencé a manejar y el silencio se hizo presente. Llegamos a casa y comencé a hacer mi maleta. Mi marido me veía con mucha calma, era perverso como si él hubiese querido que pasara así.

En la noche

Me acoste y pensé que él se iría a dormir al sillón. A esas alturas ninguno de los dos hablaba con el otro. Me quedé dormida, hasta que sentí el peso de alguien al lado de mí en la cama. Desperté abruptamente cuando lo vi casi encima de mí agarrando una almohada. Al instante comenzamos a forcejear, él quería ahogarme con la almohada. Afortunadamente los gritos se escucharon bastante y los vecinos llegaron enseguida a ver qué sucedía. Grandes personas. Nunca había cruzado más que unas palabras de cortesía con ellos. Fue el marido de mi vecina el que me quitó de encima a la persona que decía amarme. Salí corriendo de la casa y me quedé con los vecinos esa noche. Mi marido salió huyendo en el coche. Me fui al siguiente día…

Con cada perdón, con cada cosa mala que ignoras el resentimiento crece.  Y es cierto pues con cada engaño tú dejas de quererlo. Nunca conocí del todo al hombre con el que viví seis años de mi vida. El amor que me mostraba estando de buenas era el mejor y el odio en los malos días el más vivo. Se perdonan las infidelidades, los malos tratos, las palabras hirientes, cuando no ves el peligro que puedes correr al estar casada con el enemigo.

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