Me enamoré, lo hice mi amante y murió en brazos de su esposa

Lo conocí una noche en un bar, el hombre más lindo que había visto en un tiempo. Se sentó solo en la barra y yo venía saliendo del hospital apestando a ropa de residente. Ya sabes, de esa que guardas en el casillero durante dos días completos esperando salir a la luz…

Me senté junto a él

Yo también estaba sola, después de trabajar 30 horas seguidas con el cabello enmarañado y una pizca de maquillaje. Me senté y pedí una cerveza y una hamburguesa. Esa era mi última parada del día antes de llegar a casa y echarme en la cama. El bartender se había convertido en un buen amigo en los últimos meses. Sabía ya mis rabietas de hambre al salir de quirófano y también sabía exactamente qué servirme cuando estaba cansada. Me senté y saque mi celular dispuesta a revisar los 50 mensajes atorados en mi bandeja de entrada. Los que nunca leía pues estaba demasiado ocupada atendiendo clases de cardiología y en ocasiones a molestos pacientes. No lo noté en un principio hasta que sentí su mirada fija. Lo miré y le sonreí, Tenía los ojos azules y un rostro muy común de esos que se te olvidan casi al verlos. El me sonrió de vuelta e intentó bromear por la pinza que traía en mi melena.

De la pinza a la conversación

La pinza que traía en el cabello era una de esas chucherías baratas que encuentras en las afueras del metro. Las ligas que me había llevado al hospital se habían reventado por el uso y tuve que salir a la esquina a comprarme algo “funcional”. Una pinza amarillo pollo con miles de brillos falsos en ella. Realmente era algo de lo que yo también me hubiera burlado. Comenzamos a hablar de nosotros mismos, de nuestro día, el pasado y nuestros planes futuros. Cenó a mi lado y me invitó otras dos cervezas. Cuando acabamos de cenar, se despidió de mí, todo iba a quedar como una noche maravillosa entre extraños. Tuve el tonto impulso de agarrar su mano, acercarla y darle un beso. Nos compartimos números y él se fue con una sonrisa en el rostro.

Comenzamos a “mensajearnos”

Él era el único motivo por el que traje mi celular a todos lados durante ocho meses, ni siquiera llegamos al año. A los dos meses de salir, él me confesó que era casado. Yo tenía mis sospechas, la forma en la que se vestía y la loción que traía en el coche. Además, me pedía que no usara perfume porque mi aroma era más especial. Cuando me lo dijo me llene de rabia por unos momentos; sin embargo, sabía que aún cuando él estuviese libre, esos ratos fugaces que teníamos era lo único que yo podía ofrecer. Además, alejarlo de mi vida ya no era una opción, al menos no en mi mente.

Pasaron los meses

Esa relación era para mí como un escape de fantasía entre los pacientes enfermos, las fallas cardiacas y los libros interminables que tenía que leer. Cuando él y yo estábamos solos cenando en aquel bar y en las pocas noches que podía compartir con él en mi casa, me sentía plena. Él fue la tranquilidad que yo necesitaba cuando hacía la residencia y no creo que llegues a entenderlo. Cuando uno pasa tanto tiempo cansada, malcomida, estresada y sin dormir, llegar a casa es como un sueño, darte un baño caliente es un lujo. Este hombre que me llevaba solo unos cuantos años era para mí la fantasía perfecta. Sin embargo, cuando llevábamos seis meses viéndonos, dejó de contestar mis mensajes, mis llamadas, simplemente desapareció. Yo asumí que la aventura había terminado.

Se murió la aventura…

“Él no la va a dejar” es lo que siempre me decía a mí misma, cada vez que él salía de mi departamento. Sabía que era una verdad absoluta. Por eso, cuando no recibí más mensajes, pensé que se había cumplido el ciclo con él y ya nunca regresaría. Me deprimí unas semanas y lloré de rabia por haberme involucrado con alguien comprometido. A la tercera semana de silencio, contestó.

Apareció

Me dijo que ya no pudo con la culpa y le confesó todo a su esposa. Tuvieron una gran pelea involucrada y obviamente juró que nunca volvería a contactarme. Sin embargo, me pidió que nos viéramos una última vez para hablar. Yo estaba muy confundida, no sabía qué hacer, pero no podía dejar que se acabara de esa forma. Nos vimos y no paramos de hacerlo dos meses más, simplemente no podíamos. No obstante, el destino y el karma nos persiguieron y por fin nos alcanzaron. Un día…

Un muy mal día

Nos quedamos de ver en un bar diferente a la misma hora. Yo me quede esperando en la barra, él venía retrasado y justo cuando me resignaba a que no iba a llegar, salí del bar. A la vuelta un montón de ambulancias se aglomeraban sin dejar pasar a nadie. Y ahí estaba él en el piso, atropellado. Unas horas después me encontraba en el piso de espera del hospital aunque sabía muy bien que no me dejarían pasar. La esposa de mi chico llegó al hospital y a la hora declararon su muerte. Yo no pude pasar a verlo ni a decirle nada. Nunca supe dónde fue el funeral y caí en una depresión bastante fuerte.

Al pasar de los días me reía de mí misma. De la telenovela en la que había entrado solo por sentarme al lado de un hombre guapo en la barra un día sin importancia. Me mudé, cambié de ciudad y, si te soy sincera, el día de hoy no volvería a cometer el mismo error.

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