Lo peor que pude hacer como doctora, fue sentirme una diosa en el quirófano

No cabe duda que la vida de un médico es bastante complicada. Eso no lo entendí por completo hasta que me metí de lleno en la medicina. Mi familia por mucho tiempo estuvo en contra de lo que hago, no tanto porque no apoyaran mi decisión de salvar vidas; sino porque mi forma de ser cambió completamente de manera negativa. Cuando uno se va haciendo demasiado bueno en lo que hace, queda en el límite entre lo que es real y posible y lo que “podría ser” pero también “no podría ser”. No sé si me explico. La medicina nos da la oportunidad de hacer cosas increíbles, también nos permite probar y descubrir cosas que podrían salvar muchas más vidas. Todos esos logros y empeño hicieron que me sintiera una diosa en el quirófano, olvidando por completo una sencilla cosa: soy una simple mortal.

La medicina abre puertas

Debo reconocer que estudiar medicina no es cualquier cosa. De hecho, cada carrera tiene su chiste, todas merecen el mismo reconocimiento. Sin embargo, hay algo que puede diferenciar otras carreras de la medicina. En otras carreras puedes seguir teniendo una vida como tal, sin tener que aislarte de toda tu familia o amigos por dedicarte a estudiar. Al estar estudiando medicina, hay momentos en los que no puedes salir del hospital y cuando tienes un poco de “tiempo libre” lo pasas cerca del hospital por si eres requerido para alguna urgencia. En esos casos resulta más práctico vivir cerca del hospital.

Mucha dedicación

Entre más empeño le pongas a lo que haces, vas descubriendo muchos frutos. Todo vale la pena cuando ves que todos esos años de estudio y preparación están dando algo productivo. Recuerdo que desde que estudiaba mis padres me dijeron que de verdad amaba la medicina, pues prácticamente estaba casada con ella. Era más el tiempo que pasaba estudiando que en convivencia con todas esas personas que me han apoyado. Cuando logré entrar al programa que más me interesaba y comencé a poner manos a la obra, debo reconocer que me tocó trabajar con muchos de los mejores cirujanos. Muchos de mis compañeros y yo peléabamos por tener su asesoría. Obviamente los mejores lugares siempre se los llevan quienes le ponen mucho empeño y estudio a lo que hacen. Si algo le gusta a los altos mandos, es ver que tienes iniciativa, que no te quedas sólo con lo que te dicen, sino que indagas más, conoces otras opciones y das nuevas propuestas como caminos periféricos en caso de que la opción principal no sea la más viable.

Me creía una diosa en el quirófano

Sin el afán de presumir, debo confesarte que desde que yo entré a trabajar en los hospitales siempre era la mejor estudiante. Le ponía mucho empeño a cada cosa que hacía y por eso los doctores se sentían bien al trabajar conmigo. Yo dejé de ser una chica normal, pues los días que tenía descanso, en lugar de pasar tiempo con mi familia me la pasaba en el hospital. Seguía estudiando, practicando y averiguando sobre nuevas cosas que pudieran ayudarme a tener un mejor puesto. Los médicos estaban sorprendidos conmigo, pues no todos están dispuestos a dejar su vida “normal” de lado por la medicina. Conforme fue pasando el tiempo logré lo que tanto me había propuesto. Era buena, muy buena en mi trabajo. Tenía un récord perfecto hasta que un día todo cambió…

Falleció

El alto que me puso la vida para recordarme que soy una simple mortal, fue de la peor manera. Ese día iba a hacer un procedimiento de rutina. Era algo sencillo, entré confiada al quirófano, pues era algo que ya había hecho en otras ocasiones y no me asustaba. Sin embargo, durante la operación hubieron complicaciones y el paciente murió. Ahí, bajo mi cuidado, mis manos eran las que lo operaban. Yo quedé en shock. Esa no fue la peor parte; sino cuando tuve que dar la cara ante su familia para avisar lo que había pasado. La familia me dijo cosas tan horribles, que ahí recordé que aunque me comportaba como una diosa en el quirófano, sólo soy un ser humano que comete errores, no soy perfecta y no siempre podré salvar a cada persona que se cruce en mi camino.

Luego de esa pérdida no quería volver, pero mi familia (que siempre estuvo ahí para mí aunque yo me había alejado) no me dejó hacerlo. Yo era buena, sólo debía recordar que no soy Dios y que así como puedo salvar a alguien, habrá veces en las que las cosas se saldrán de mis manos. Ahora he aprendido a tener una conducta menos ególatra y me ha funcionado. No alardeo con lo que sé, más bien me dedico a compartir mis conocimientos y aprendizajes con otros.

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