Lloro por mí y todo lo que te di, no porque te perdí

Al día de hoy, luego de darme varios trancazos, he logrado descifrar que cada experiencia en la vida, sin importar si es buena o no, deja un aprendizaje. También me queda claro que cuando no aprendemos con las señales que nos manda la vida, esta se encarga de hacérnoslo saber las veces que sean necesarias. Sí, así pasa en cualquier aspecto. Por ejemplo, el día que te perdí, sentí que el mundo se detendría ahí, pero no fue así.

Es el fin

La verdad es que ya no recuerdo muy bien si nuestra relación fue buena o mala. He olvidado tantas cosas, que te sorprendería saberlo. Muchos dicen que lo hice a modo de defensa, otros aseguran que soy muy despistada. Hay quienes dicen que luego de tu partida, decidí sacarte de tajo de mi vida por mi propio bien. Bueno, antes de que eso pasara, experimenté días muy oscuros en mi vida. La oscuridad era tanta, que bien pude haberle hecho competencia al Balrog que aparece en El Señor de los Anillos. Sentí que jamás saldría de ese inmenso hoyo.

¿Y ahora qué hago?

Luego de tu partida, parecía que mi vida se venía abajo. (¡Es increíble cómo pude darle el poder de mi vida a alguien más!). Despertaba llorando, me bañaba llorando, iba al baño llorando. Todo lo hacía llorando, me quedaba dormida llorando y creo que incluso inconsciente seguía llorando. Así de triste y patética era mi vida. Durante todo ese tiempo en el que me sentí mal, creí que lloraba porque te había perdido, porque ya no estabas en mi vida y porque sabría que no regresarías jamás. Pero no, jamás fue así.

¿Qué diablos pasó conmigo?

Me sorprendía tanto ver la forma en la que me ponía. No era la primera vez que terminaba una relación. No era el primer hombre con el que había decidido compartir algo de mí. De hecho, en ninguna de las relaciones anteriores me había puesto tan mal. Más bien, me sentía enojada conmigo, por haber puesto mis esperanzas en alguien más, cuando solo debían estar en mí.

Comprendí todo

Derramé miles y miles de lágrimas y pensé que todas eran porque te perdí. Sin embargo, luego entendí que más bien esas lágrimas eran por mí, porque había dejado de ser yo. Maté muchos sueños y anhelos por haber apostado todo por ti. Dejé que todo se fuera a la basura por haberme enfocado en otras cosas en las que yo no tenía el control total.

Lo que el viento (o él) se llevó

Platicando con amigas, llegamos a la conclusión de que no siempre que hay una ruptura lloramos al grado de sentir que nuestra vida se ha ido al precipicio. Se trata más bien de todas las expectativas que teníamos con una persona en particular y todo lo que no pudo ser. En mi caso, lloré porque me dolió que te fueras, pero más me dolió no poder consolidar todos esos planes que tenía contigo. Me arrancaste de la nada el deseo de compartir contigo mis triunfos y mis derrotas. Demostraste que no te importaba lo suficiente para que me quitarás todo sin siquiera avisarme.

¡Basta de lamentos!

Creo que las lágrimas eran más de coraje y decepción, no tanto de tristeza. Enojo de ver que así como te fuiste, seguiste con tu vida como si nada hubiera pasado. ¡Qué bueno que lo hiciste, pues eso me ayudó a abrir los ojos! Entendí que cada quien es dueño de sus elecciones y que el grave error que tuve fue darte todo el poder a ti.

Nunca más

Agradezco que te hayas cruzado en mi camino solo por una cosa. Gracias a ti, aprendí, crecí y ahora soy más fuerte. Me duele un poco saber que una parte de la persona que era ya no volverá jamás. Sin embargo, sé que la versión nueva de mí es aún mejor. Ahora puedo decidir sobre lo que quiero y no en mi vida. He preferido enfocarme en la nueva versión de mí, esa que busca fortalecer su interior para saber por qué sí vale la pena sufrir.

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