La vida sabe mejor si tienes una mascota que te acompañe en la aventura

Desde pequeña anhelé tener una mascota, pues además de ver a los animales como seres hermosos, sé que merecen una vida digna. Mis padres me inculcaron el amor por los animales, por lo que siempre he tratado de respetarlos a todos y cada uno de ellos. Sin embargo, recuerdo que las primeras veces que pedí permiso para tener mascota me dijeron que no. La justificación era que si el animalito vivía adentro, la casa podía oler feo. Mi mamá siempre me decía: “Si tienes una mascota debes hacerte responsable de ella, porque la vida te sabe mejor, pero es una gran responsabilidad”. Como era pequeña, comprendí que tenía que esperar más tiempo, pues apenas podía cuidar de mí.

Logré convencerlos

Después de varios intentos, mis padres accedieron a que tuviéramos un perrito. Investigué qué podía hacer para el cuidado de mi cachorro, pero también para que mi casa no oliera raro. Primero pensé que la solución era bañar con frecuencia a mi mascota, pero el veterinario me dijo que no era lo mejor. Me sugirió bañar a mi perro cada dos semanas, porque decía que ellos guardan la humedad en su pelaje y eso podía causar hongos. Además, tener una mascota no es solo abrazarla o darle amor. Implica muchas cosas más, como alimentarla, vacunarla, cuidarla y educarla.

Cada quien en su espacio

Una vez con el cachorro en casa, decidimos hacerle un lugarcito especial en el patio. Este espacio era principalmente para que durmiera e hiciera sus necesidades. Durante el día podía estar dentro de la casa, pero sabía que tenía que ir afuera a hacer del baño o comer. Al principio fue complicado, pero poco a poco se acostumbró. Luego de varios años mi perrito falleció y tuvimos unas nuevas cachorras. Con ellas se siguió el mismo plan, en el que tenían que estar afuera para evitar olores desagradables. Además, mi mamá nunca ha sido de la idea de vivir con animales dentro de la casa. Por la misma razón nos acostumbramos a que no podían subirse a las camas o andar en los sillones.

Años después

Luego de varios años en casa de mis padres, tomé mi propio camino y emprendí el vuelo hacia una nueva aventura. Para ese entonces ya tenía un pequeño compañero de viaje: mi hijo. Nos fuimos a vivir a otra casa, y aunque a veces es difícil, nos gusta disfrutar del espacio que tenemos para nosotros. Es normal que los niños vean animalitos y quieran tenerlos entre sus brazos. Cualquier cachorro te roba el corazón, pero lo verdaderamente complicado es cuidarlo y mantenerlo. Cuando mi hijo me pidió una mascota, recordé cuando era niña y no pude decirle que no, pero le expliqué todo lo que implicaba. Mi hijo era pequeño y le dije que esperáramos un poco más para que él pudiera ser responsable del animalito. A regañadientes aceptó, pero después de mucho tiempo volvió a pedirme una mascota.

Acepto

Para mí es muy claro que la vida sabe mejor si tienes una mascota a tu lado, y estaba dispuesta a que mi hijo lo supiera. En el caso de mi niño, yo no accedía a tener una mascota porque sé todo lo que necesita, y que hay momentos en los que tal vez no se pueda cubrir al 100 % con todo. Sin embargo, surgió la oportunidad de que adoptáramos una gatita y la vida nos cambió. Aunque seguimos en la etapa de adaptación, nos llevamos bien y mi hijo se siente contento.

La vida te sabe mejor y todo cambia para bien

Debo confesar que nunca había convivido con un gato, por lo que me resultó un poco extraño. Estaba acostumbrada a tener perros, animales que van y buscan un poco de tu amor. En cambio los gatos son independientes y pueden o no acercarse a ti. Hemos recibido algunos rasguños porque la gatita es pequeña, pero es juguetona y se ha adaptado bien a nosotros. Nos sentimos contentos de tenerla. Además, es una compañera que, al igual que mi hijo, me enseña que de las pequeñeces puedes sacar grandes aprendizajes. Ellos disfrutan la vida de una manera particular, de la que muchas veces me olvido como adulta.

¿Tú tienes una mascota?

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