La boda de mi mejor amigo y el terror de ser la única soltera

Cuando mi mejor amigo me dijo que se casaba, yo dije: “por fin”. Después de todo, el llevaba un buen rato con su novia y los dos están  hechos a la medida, no hay más. Sinceramente, son de las parejas más fuertes que conozco y les deseo una vida dichosas en este mundo. Eso era lo que rondaba por mi cabeza hasta el día en que la boda de mi mejor amigo se convirtió en mi pesadilla.

Me dio la invitación

Vi a mi BFF para que me diera la invitación a su boda. Me sorprendí mucho cuando vi dos boletitos en el sobre. Mi reacción fue: “Oye, voy yo sola”. El me vio con un poco de preocupación y con el nulo tacto que tiene expresó: “Ya sé que tú andas soltera y en tu mood ‘lo puedo todo’, pero todos los invitados llevan pareja, repito todos“. Una parte de mi lo vio enojada, pero otra parte interna comenzó a correr en pánico. No supe qué decirle. Me quede ahí parada mirándolo con desconcierto. El me dijo: “Estoy seguro de que no vas a ser la señora de los gatos, así que ¿por qué no te consigues un galán para que puedas bailar en la boda”?.

“El galán”

Ser la soltera de mi grupo de amigas se había convertido en cosa sencilla. Tengo muchos dates, he conocido a un montón de hombres en los últimos meses. N obstante, la verdad es que no deseaba llevar a un desconocido a la boda de mi mejor amigo. Mucho menos para ver a viejos amigos que me preguntarían seguramente por el estatus de mi relación con el “galán”. En todos los escenarios lo mejor para mí era ir solita. Claro, eso lo decía la parte racional de mí, como un angelito. La parte racional y la asustada, como un demonio, comenzaron a crear eco en mi cabeza. Cada vez que se mencionaba la palabra boda, novio o algo relacionado con eso mi garganta se secaba.

La fecha se acercaba

Nunca pensé que fuera a afectarme tanto, pero conforme la fecha fue acercándose dormía cada vez menos. La única relación bonita que he tenido con un hombre los últimos meses ha sido a distancia. El hombre en cuestión vive en Canadá. Yo no quería pedirle a este chico que cruzara el país para venir solo a una boda por mi capricho. En esos días muchas cosas rondaban en mi cabeza: Tinder, Bumble… Estuve a nada de pedirle a un desconocido que me acompañara a la boda. Dos días antes del evento, no tenía pareja para asistir y sinceramente me puse a llorar en mi cuarto un rato. No porque me sintiera sola o no tuviera realmente quien me acompañara. Simplemente fue un peso innecesario para mí, una carga mental que me impusieron y que no estaba dispuesta a aceptar.

El día de la boda

Con esta experiencia me di cuenta de lo duro que resulta ser tú misma a veces. Cuando estás fuera de la caja, todo el mundo va a intentar meterte en ella sin querer. Ese día llegué a la boda con un vestido hermoso, una enorme sonrisa y pañuelos (por si acaso). En mi cabeza, una pequeñísima voz me decía: “Todo va a estar bien, todo bien”. Miré a mi alrededor y era cierto: todos traían pareja, menos yo. Incluso mi amigo gay, se trajo a una amiga mutua a la fiesta. Comencé a saludar a las parejitas y me dio algo de risa la situación. Me di cuenta de que quizá otros chicos o chicas como mi amigo gay sucumbieron a la presión de traer a alguien, solo para bailar y convivir. En cambio, ahí estaba yo con mi vestido entallado y mis tacones; por dentro mis inseguridades empezaron a desvanecerse.

La fiesta

Me sentaron en una mesa junto a mis compañeros de la prepa. Estaba muy contenta de verlos, tenía más de seis años sin una pista de ellos. Todos me presentaron a su pareja, comencé a platicar con ellos de muchos recuerdos y cosas agradables. Empecé a pasarla muy bien, y de un momento a otro me sorprendí viendo a las mujeres con pareja. Como yo una vez, tamborileaban los dedos esperando a ver si su pareja les ponía más atención a ellas que al pastel. Se va a escuchar horrible, pero sentí pena por ellas. Me levanté y comencé a bailar con una bolita de desconocidos que se veía que estaban divirtiéndose. Al poco rato tuve que arrastrar a mis amigos y a sus parejas a la pista para bailar.

Las cosas chiquitas que aprendes te hacen grande

Cuando dejé la fiesta esa noche, me fui con el hermoso recuerdo de ver a mi mejor amigo casándose con el amor de su vida. También me llevé la imagen de la chica que se fue sola a la boda y se animó a bailar toda la noche sin pareja. Por cierto: gané el ramo de la novia y no tuvieron con quien hacerme ni una burla. He disfrutado mucho mi soltería, pero de vez en cuando las situaciones sociales te dan una cachetada en la cara. Si te la han dado, no tengas miedo realmente nunca estás sola. Te tienes a ti misma para enamorarte, bailar y hasta para tener sexo toda una noche si te lo propones. No tiene nada de malo aprender a disfrutar tú sola de las circunstancias que te rodean.

La boda de mi mejor amigo me enseñó que estoy madurando, y vaya, ¡ya era hora!

 

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