Es importante cerrar ciclos para continuar viviendo

A lo largo de la vida nos vemos inmiscuidos en asuntos que terminan, pero en otros casos optamos por dejar todo en pausa. Creemos que puede quedar pendiente para después. Pensamos que dejarlo así hará que no termine, pero eso es una mala señal. Dejar algo sin terminar solo habla del miedo que tenemos a cerrar ciclos. Ya sea en un trabajo, una relación o con alguna amistad con la que ya no hay futuro.

El duelo es importante

He conocido a muchas personas que en cuanto pierden a una mascota, van a buscar una nueva que sustituya esa pérdida. Lo mismo pasa con los que terminan una relación y a los pocos días ya están saliendo con alguien más. El hecho de que algo haya terminado no significa que debamos buscar el reemplazo inmediato. Es un hecho que la vida continúa y no debes “caerte” ante cualquier situación. Sin embargo, lo peor que podemos hacer es dejar un ciclo de nuestra vida sin resolver. Experimentar el duelo de la pérdida nos ayuda a cerrar ciclos, y para que eso sea posible, es normal encontrarnos en un periodo de depresión o tristeza profunda.

La experiencia es compleja

Hay ocasiones en las que las pérdidas nos afecta más y otras menos, depende de la importancia que haya tenido para nosotros. Recuerdo que había tenido muchas experiencias de pérdida, desde una mascota hasta algunos conocidos. Sin embargo, hubo una que me dejó marcada de por vida. Perdí a un ser muy querido con el que experimenté el amor adolescente. Después de eso, veo a las personas y a las experiencias con ojos muy diferentes. No estoy diciendo que me haya hecho una amargada, pero sí que soy más reservada. El dolor que sentí con esa pérdida no lo he podido sanar con nada. Que un accidente termine con la vida de una persona especial es algo que no esperas nunca. A veces ese es el problema, que se nos olvida que la vida es prestada. Hoy estamos, pero mañana puede que ya no.

Sensación de locura

Después de nuestra relación de amor adolescente, él y yo sabíamos que teníamos un lugar especial el uno para el otro. Seguíamos en contacto a pesar del tiempo y nos manteníamos al tanto de lo que pasaba en nuestras vidas. Recuerdo que cada vez que nos veíamos nuestras miradas delataban ese amor inocente y pícaro que nos tocó vivir. Todavía un día antes del trágico accidente que le arrancaría la vida, hablé con él como cualquier otra ocasión. Jamás pensé que sería la última vez que lo haría. Al día siguiente, cuando me enteré de lo que le ocurrió, sentí que me volvía loca. Parecía que en ese momento la vida se detenía ante mí y se burlaba. No sabía cómo reaccionar ni qué hacer. Lo único que quería era gritar y maldecir. Sentía que estaba viviendo una pesadilla, aunque en el fondo sabía que no era así.

Miedo a la ausencia del que ya no está

Las primeras horas, los primeros días y los primeros meses fueron muy complejos para mí. Tan difícil era la situación que no la asimilaba por completo. Había veces en que de manera inconsciente le marcaba por teléfono con la esperanza de que respondiera. Fue entonces que me recomendaron cerrar ciclos, pues de lo contrario me haría mucho daño. Al hacerlo podría entender que él se había ido y que yo tenía que continuar con mi vida.

Aprendiendo a cerrar ciclos

Para lograrlo tuve que ir a terapia. Ahí aprendí que si me sentía mal era porque me guardé muchas cosas que quería decirle. A pesar de que ya no está físicamente, el terapeuta me pidió que hablara con él en mi mente o a través de una carta. Así podría decirle aquello que me había callado. Desde entonces entendí que nunca hay que guardarnos nada para mañana. Todo debe vivirse en el aquí y ahora.

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