Es muy duro tener que sacrificar a tu mascota, pero a veces es mejor que deje de sufrir

Cuando tenía casi 12 años de edad conocí a uno de mis mejores amigos: Dody. Siempre sabía cómo me sentía sin necesidad de que le dijera. Y aunque no hablaba, tenía la habilidad de hacerme sentir. Su mirada guardaba más amor que el que muchas personas jamás se atreverán a experimentar. Decirle adiós no fue fácil, pero sí la manera de que dejara de sufrir.

Lo amé desde que lo conocí

Recuerdo la primera vez que vi a Dody. Era tan sólo un cachorro de tres meses de edad y estaba regordete. Tenía largas orejas, lo cual es lo más representativo de un cocker spaniel inglés. Su pelaje era color miel, suave y brillante. Su mirada era profunda. Desde ese momento lo amé. Como cualquier cachorro, lloraba y lloraba, pues no le gustaba estar solo. Siempre rompía el periódico en el que debía hacer pipí, lo cual hacía enojar a mamá. Rompía zapatos y todo lo que estaba a su alcance, eso igual hacía enojar a mamá. Y cuando le llamaban la atención, sólo se quedaba mirando; era imposible que no te rompiera el corazón.

Sus miedos y alegrías

Con el paso de los meses, Dody creció. Creció más de lo esperado. Pero en el fondo seguía siendo nuestro cachorro con ojos de amor. También seguía llorando, sobre todo en los días lluviosos; irónicamente, amaba el agua, pero odiaba la lluvia, y los truenos. En esos días no le gustaba que uno se despegara de él, lo cual aprovechaba porque siempre fue una mascota  melosa. Y en los días soleados le encantaba sentarse entre las plantas de mamá, levantar el rostro, cerrar lo ojos y sentir el viento. Amaba verlo así. Cuando salía de paseo, olía cuanta flor se encontraba en el camino. Siempre creí que era un perro singular, un perro genuinamente enamorado de la naturaleza.

12 años de amor

Dody llegó a mi vida en el momento justo: estaba empezando a vivir la adolescencia; una época de muchos cambios y miedos. Recuerdo que siempre estuvo al pie de cañón. Cuando llegaba a casa solía ir a verlo. Había días en los que no le decía nada y él entendía mi silencio. Entendía que llegaba con el corazón un poco roto. Pero había otros días en los que le platicaba cómo me había ido; esto se volvió parte de nuestra rutina y amistad que duró 12 años.

El último año

Cuando conoces a alguien tan bien ocurre una cosa: siempre sabes cómo se siente, cómo se encuentra. Y yo sabía que Dody estaba cansado. Ya no era activo, le gustaba estar acostado. No hacía travesuras, era un perro maduro. También su cuerpo había cambiado, ya no era tan fuerte. En ese tiempo trabajaba gran parte del día; por lo general, tenía las mañanas “libres”. Y en una de ellas ocurrió algo: Dody se cayó a la piscina y sus gemidos de dolor me lo hicieron saber. El veterinario nos dijo que la edad estaba haciendo de las suyas, su cuerpo no estaba funcionando correctamente. Lo médico y nos sugirió hacerle una operación para extraer una parte de su muslo para hacer pruebas más precisas. Todo un proceso doloroso.

Y me hizo saber que estaba listo…

Dody tuvo otra recaída, y fue mucho peor. Entonces pedimos la opinión de otro veterinario, quien nos dijo que sólo quedaba medicarlo y cuidarlo. Y puso otra carta sobre la mesa: dormirlo. Rotundamente me negué a usar la eutanasia. Mi familia me dijo que no fuera egoísta. Un amigo me dijo que “la naturaleza es sabia”, y aunque sabía que era cierto, no quería dejarlo ir. En los siguientes días Dody no mejoró, sólo empeoró. Su cuerpo se volvió más vulnerable, tan vulnerable que al querer acariciarlo me gruñó por primera vez. Luego se me quedó viendo, pero con ternura. En ese momento supe que estaba listo para partir, así que yo igual tenía que estarlo.

Adiós, Dody

Al llegar a la clínica, la veterinaria me dijo que estaba haciendo lo correcto y lo único que quedaba por hacer: no prolongar el dolor de Dody. Antes de dormirlo, platiqué por última vez con él. Y aunque estaba agotado, escuchaba atentamente. Sólo me miraba con sus ojos de amor. Dody se fue el 7 de mayo de 2015, faltaba tres meses para su cumpleaños. Su partida me dejó un gran vacío. Durante tres semanas no limpié mi cuarto, dejé las cosas como la última vez que el estuvo ahí. Llegaba a casa y lloraba, mi amigo ya no estaba.

Sólo se durmió

Durante los siguientes meses viví mi duelo. Algunas personas no entendían por qué estaba tan triste, si “sólo se trataba de un perro”. Pero sólo pensaba: “¡qué tontos, no saben lo que dicen!”. No era sólo un perro, era mi amigo, mi confidente. Me había enseñado tantas cosas de la vida, me había dado todo amor y su tiempo. Entonces finalmente entendía que debía estar agradecida por todo lo que viví con él. Comprendí que su corazón no murió, sólo se durmió.

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