Educación a gritos: ¿está bien?

¿Gritas seguido? ¿Prefieres gritar que hablar? Nadie dijo que ser mamá sería fácil, y menos educar. No obstante, insistes y los niños no te hacen caso. Te desesperas y empiezas a gritas. Recurres a la educación a gritos. Cuando la paciencia se termina y no hay otra opción a la vista, gritar para imponer disciplina parece ser la única alternativa. Luego, vienen las llamadas de atención acompañadas de los castigos. ¿Qué tan bueno o malo es recurrir a estos métodos?

¿Por qué gritar en lugar de hablar?

Con claridad, gritar no es lo mismo que castigar. Se recurre a los gritos para lograr que los niños realicen lo que los padres desean cuando no entienden cuando se les habla. Se llegan a la educación a los gritos cuando la desesperación se presenta. Este parece el único recurso para controlar y disciplinar a los niños. No obstante, quienes recurren a estos, olvidan que no es el método apropiado para que los niños aprendan y respeten las reglas de conveniencia dentro y fuera de casa. Recordemos que un niño jamás obedece si es forzado. Es común que cuando un padre grita, la comunicación se pierde, pues el infante se siente amedrentado y menos dispuesto obedecer. Entonces esto se vuelve un círculo vicioso difícil de romper.

Gritar no resuelve la situación

Un grito como último recurso no está mal, siempre que este sea solo un llamado de atención. Sin embargo, es perjudicial que siempre se recurran a los gritos en vez de tomarse el tiempo de conversar y explicarle al niño qué está ocurriendo. Es preciso hacerle ver que su comportamiento no es el adecuado y cómo lo afecta a él y a quienes lo rodean. Con la educación a gritos jamás se llegará a una solución. El niño no entenderá por qué su conducta es reprobable. Incluso, aprenderá que gritar es el recurso que tiene a mano para imponer su voluntad, protestar si algo lo molesta o cree que está mal.

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