Creía que no te dejaba por mis hijos, pero en realidad era porque te tenía miedo

Cuando te conocí éramos muy jóvenes. Queríamos comernos al mundo, aunque tu situación y la mía eran completamente diferentes. Tú lo tenías todo. Incluso sin esforzarte, lograbas que te dieran todo lo que querías o necesitabas. En cambio, yo no tenía los mismos recursos que tú, pero sí tenía una familia que me amaba sin igual. Mis hermanas mayores fueron las primeras en irse a trabajar para ayudar con el sustento de mis hermanos y mío. Agradezco a cada una de ellas por todo lo que sacrificaron por nosotros. Un día, nuestros caminos se cruzaron y en ese momento juré que no te dejaría nunca.

Nada de humildad

Si algo te caracterizaba, era que eras el chico más famoso del rumbo. Tenías más de lo que muchos podíamos tener a nuestra corta edad. Paseabas por la colonia en tu hermoso auto nuevo. Muchas chicas estaban locas por ti, entre ellas yo. Sin embargo, pensé que jamás podrías fijarte en mí porque tu mundo y el mío eran muy diferentes. Tú pensaste diferente y una vez que nos vimos cara a cara, me invitaste a tomar una soda. Luego de esa salida, fuimos a los bailes de la colonia. Era increíble salir contigo porque sabías bailar y a mí me encantaba bailar.

Cuento de hadas

Salimos varias ocasiones hasta que tú decidiste pedirme que fuera tu novia. Yo me sentía tan feliz de tenerte a mi lado, que acepté sin dudar. De hecho, pensé que no te dejaba nunca, una vez iniciada la relación. Tardaste poco tiempo para que me pidieras matrimonio. En ese momento yo creí estar tan enamorada, que acepté casarme contigo. Pensé que éramos la pareja perfecta y eso me hacía sentir bien. Luego de un año de matrimonio, empecé a notar que tu carácter era diferente. Yo creía que eso se debía a que tus responsabilidades habían cambiado. No pasó mucho, cuando nos enteramos de que seríamos papás. Parecía que te emocionaba la idea, pero cuando llegabas molesto eras muy grosero conmigo.

El verdadero YO

Después, fue saliendo tu verdadera personalidad. Me sorprendía cómo podías ser tan falso y mostrar una cara a la sociedad y otra a mí. Con las personas ajenas eras el ser más encantador, pero conmigo eras muy desgraciado. Luego de un tiempo ya no sólo eras grosero, sino que comenzaste a golpearme. Lo peor era que incluso lo hacías en casa de tu familia y ninguno de tus familiares quiso ayudarme. Tal vez por su falsedad me volví recelosa y evitaba estar con ellos. Nuestro hijo fue creciendo y tú, en lugar de cambiar para mejorar, cada vez eras más canijo. Incluso me forzabas a estar contigo aunque yo no quisiera. Debo reconocer que jamás le dije nada de eso a mi familia, porque no quería que te vieran mal.

Yo tenía la culpa

Tan mal estaba yo, que llegué a creer que la culpa de que fueras así era sólo mía. Pasaron unos años y tuve un hijo más. Con ellos te mostrabas amoroso; mientras que conmigo siempre estabas de malas y eras la peor persona. Un día te quedaste sin trabajo y comenzaste a ser más indiferente. Dejó de preocuparte si tus hijos tenían o no para comer. Fue en ese momento que abrí los ojos y me di cuenta de que podía hacer mucho sin ti. Finalmente, era más el daño que me hacías, que lo bueno que aportabas. En ese momento tomé las riendas de mi vida y comencé a buscar trabajo. Me costó mucho, pero lo logré. Poco a poco fui creciendo emocionalmente y me di cuenta de que era poderosa.

No te dejaba por miedo

Comprobé que podía salir adelante sin ti, sin tus golpes, sin tu indiferencia, sin tu mal humor, sin tu forma de ser tan grosera. Entendí que el verdadero motivo por el que no te había dejado años atrás no fueron nuestros hijos, sino todo el miedo que te tenía. Déjame decirte que ya no más. Ya no te tengo miedo, ya no tengo temor de que me hagas daño. Sé que puedo salir adelante sin la necesidad de tu personalidad tóxica cerca de mí.

Ahora solo agradezco lo que el destino ha puesto en mi vida y camino con la frente en alto.

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