¿Cómo hice para salir de una relación violenta?

Seguramente todas hemos estado alguna vez con una pareja que con cada palabra y cada acción nos hace daño, pero que por alguna razón no podemos dejar. A mí me pasó justo cuando terminaba la universidad, por ahí del año 2011. Aunque esa relación duró solo un año, puedo decirte que con esta aprendí qué es exactamente lo que no quiero para mí nunca más. Menganito (vamos a llamarlo así) me mostró lo que una persona puede llegar a hacerle a otra “por amor”. Esta historia habla de todo lo que pasé antes de salir de una relación violenta.

El flechazo de amor

Conocí a Menganito mientras realizaba mi servicio social. Irónicamente fue en una red de apoyo a mujeres violentadas. Yo me encargaba de la parte de difusión de todos los eventos de la red y él llegó como invitado de uno de los chicos que nos apoyaban con los temas legales. Comenzamos a trabajar juntos porque íbamos a hacer un manual interactivo para identificar la violencia en las relaciones de pareja. Me encantaba que estuviera comprometido con los derechos humanos y que fuera tan sensible; quizá es por eso que me enamoré rapidísimo y casi de inmediato.

Establecimiento de roles

Casi desde el principio él comenzó a jugar sus cartas y a establecer las reglas de lo que iba a ser nuestra relación. Me dejó claro que iba a ejercer sobre mí ese poder que había marcado siempre. La primera diferencia que estableció fue la económica; sus padres tenían una buena posición y, como él era el más pequeño de sus hermanos, siempre fue el consentido, al que todo le daban. Yo, por mi parte, vivía en una colonia popular donde la gente tenía que trabajar de sol a sol para obtener dinero suficiente para comer, vestir y darle un poco de dignidad a sus familias. Y aunque muchas pueden decir que eso no afecta, en mi caso él lo utilizó siempre para hacerme sentir menos.

El hombre más preocupado de todos

Todo el control que ejercía sobre mí fue siempre muy sutil. Disfrazó perfecto ese juego de poder: lo hizo pasar como preocupación y yo le creía todo lo que me decía. Poco a poco comenzó a tomar decisiones por mí sobre mi vida: mi forma de vestir, a quién le hablaba, cómo dirigirme a los demás, incluso el tiempo que podía pasar con mi familia. Aspectos que pueden parecer una tontería como caminar, mirar y hasta sonreír eran siempre cuestionadas. Me daba órdenes sobre cómo comportarme y siempre remataba con un: “Me preocupo mucho por ti; no quiero que te pase nada, por eso te pido que lo hagas”.

Yo era la única culpable de nuestros problemas

Recuerdo perfecto cuando encontré mi primer empleo como periodista, luego de haber terminado el servicio social. Menganito me prohibió ir trabajar. Según él, yo debía estar siempre a su lado o a nuestra relación le sucedería lo que a la de sus padres: su mamá un día decidió comenzar a trabajar y sus papás terminaron divorciándose. Como yo no quise abandonar mi trabajo, tuvimos muchas discusiones. Según él, yo estaba aferrada a ir a esa oficina porque seguramente ahí había alguien que me interesaba. Además, me decía que todas las mujeres éramos iguales: que salíamos de casa para incitar a otros hombres, coquetear con ellos y terminar destruyendo nuestra relación y la de los demás.

Menganito, el hombre que más ha sufrido

Con el paso del tiempo, cada vez me sentía peor y perdía mi esencia. No solamente porque ya no tenía amigos, sino porque él me manipulaba para hacer cosas que no quería. Él fue mi primera pareja sexual y se aferraba a eso para mostrarme ante todos como su más grande logro. Si algún día yo no tenía ganas de sexo, él lloraba (literal) diciéndome que seguramente ya no lo amaba y por eso no quería acostarme con él. O que seguramente era porque en la oficina me acostaba con alguien más; así cedí muchas veces. Cuando descubrí que me era infiel, él me culpó diciendo que era porque tenía que buscar en otro lado lo que yo no le daba.

El final de mi prisión

En una discusión, él me sostuvo tan fuerte de los brazos que me dejó las marcas de sus manos. Luego de eso, comenzó a golpear la pared hasta abrirse los nudillos y hacer brotar sangre de sus manos. Dos semanas después de eso mi menstruación no llegó y creí estar embarazada. Fui a visitar a un médico sola, porque él no iba a perder el tiempo en esa tontería. Además, si estaba embarazada, él debía asegurarse de que fuera suyo. Afortunadamente nada crecía dentro de mí, excepto el estrés, el miedo y la ansiedad; pero esa situación me hizo reflexionar sobre si eso era lo que quería para mi vida. Fue así que decidí salir de una relación violenta que pudo haberme hecho mucho más daño.

Si te identificas con alguno de los episodios que viví, no dudes en huir y pedir ayuda. No estás sola. Lo más importante eres tú.

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