Cómo darte cuenta de que el camino que estás siguiendo hoy no funciona

¿Sabes qué considero horrible? Despertar cada mañana y decir: “Ay, qué flojera, tengo que ir a trabajar!”. Luego, ponerte de malas en automático cuando abres los ojos y luego solo querer dormir. A eso, chicas, se le llama negación y la negación suele llevarte a lugares un poco más oscuros, como a la depresión. Eso me sucedió a mí. Y es que crecimos con la mentalidad de que “hay cosas que se tienen que hacer aunque no te gusten”. Claro que existen estas responsabilidades, pero te aseguro que si eso pasa todos los días, no es que la responsabilidad esté mal, eres tú. No funciona; ¡cámbialo!

No funciona

Sabes que no funciona ir a un trabajo que detestas, viajar media ciudad para hacer algo que no te gusta, gastar tiempo y esfuerzo en algo que no crees. La vida de muchas personas corre de esta forma todos los días. Por eso, ansían que lleguen los fines de semana y por eso el domingo se encuentran perdidas, enojadas, inventándose la gripilla para no ir el lunes a trabajar. ¡Qué triste que dediques el tiempo que se te está regalando en malos días! Lo peor es que el statu quo es persistente, fácil de asimilar. Entonces, te quejas de tu jefe, de tu equipo y haces esfuerzos sobrehumanos para aguantar la semana. Si estás resonando con este speech, de verdad lo lamento muchísimo. Sin embargo, como dicen por ahí, “echando a perder se aprende” y ojalá hoy en la noche empieces a hacerte más consciente de esto.

Aceptándolo

Aceptación, el paso más difícil de todos. Te cuento que yo trabajé en una oficina durante tres años analizando datos. Lo que más me costaba hacer todos los días era levantarme de la cama. Sinceramente, en muchas ocasiones yo solo deseaba pasar todo el día en la cama. Anhelaba los días de descanso para no hacer absolutamente nada. Los malo es que esos días no me alcanzaban nunca para nada. Entonces, el lunes regresaba derrotada al trabajo. Con un aspecto más o menos de los personajes de The Walking Dead en tenis Adidas y con el cabello en un chongo. Lo primero que quería hacer al llegar al trabajo era ver la hora de mi salida en el reloj. Una pesadilla. Una noche, llegué después de tres horas de traslado en el transporte público. El cielo retumbaba de la lluvia tan fuerte que estaba cayendo.

Y me cayó un rayo

No la verdad es que no, pero sí me cayó la verdad cruda y latente. El último camión para llegar a casa no estaba en la parada y, al parecer, no iba a llegar en un buen rato. Todo se había inundado. Yo estaba empapada. La verdad es que el camino era largo y tedioso porque era de subida. Ahí, parada y empapada me solté a llorar. Tenía dos opciones: salir a la lluvia o quedarme esperando el siguiente autobús que quién sabe a qué hora llegaría. Estaba muy enojada, porque ya eran las nueve de la noche y ya no iba a tener tiempo ni de ir al gimnasio, ni de preparar comida para el siguiente día. Ni pizca de tiempo siquiera para sentarme a ver mi serie. Lloré de frustración y empecé a caminar a casa.

Calma, ya casi acaba el drama

Llegué a casa super empapada, echando pestes y, para colmo, olvidé pagar el gas. Así que tuve que bañarme con agua fría. Cuando bajé a cenar encontré a mi pareja, a quien le había pasado prácticamente lo mismo. Él también estaba cansado, mojado y hambriento, pero presumía una sonrisa porque, a pesar de todo, su día había sido bueno. Como buena mujer bipolar me eche a llorar. Me di cuenta de que no tenía un motor como él. Todo me molestaba y me sentía atrapada.

Así que renuncié

Con algo de temor, renuncié. No te voy a mentir, adentrarte en lo desconocido siempre produce este tipo de sensaciones. Tardé demasiado en darme cuenta de que el camino que llevaba no me estaba dejando nada. Algunas de mis amistades siguen diciéndome: “Es solo un trabajo”. Para mí es tiempo y salida de vida. Y si bien aventurarte a ser emprendedora no es lo más sencillo de este mundo, así fue como encontré el trabajo por el que podía desvelarme y amanecer enferma y seguir trabajando con gusto desde casa.

Creo que lo único con lo que me gustaría que te quedes es con la reflexión de que es tu decisión. Puedes quedarte esperando al camión en la orillita de la acera o puedes caminar bajo la lluvia y ver cómo poco a poco las cosas toman algo de forma.

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