Casas embrujadas: ¿crees o no en ellas?

Todos hemos oido una que otra vez historias relacionadas con lo oculto. En mi caso, nunca fui escéptica al respecto. Sin embargo, nunca pensé sufrir la estancia de inquilinos indeseados en mi nuevo hogar.

Una casa enorme y lo más importante: barata

Esto pasó hace muchos años. Cuando mis hijos eran pequeños. Mi marido y yo encontramos la casa que siempre habíamos querido a un precio impresionante. Sin pensarlo mucho, la tomamos. Era un gran cambio pasar de una residencia pequeña en el centro de la ciudad a una casa de dos pisos con grandes dormitorios a las afueras. Cuando llegamos a la casa todos nos encontrábamos extasiados con la vista, la calle y, sobre todo, con los grandes dormitorios.

La bendición

Mi marido y yo venimos de familias católicas, por lo que fue muy natural que quisiéramos bendecir la casa apenas nos mudamos. Llamamos al sacerdote de nuestra parroquia, quien con mucho gusto vino a bendecir la casa. Por alguna u otra razón mientras lo hacía, el padre tosía una y otra vez. Lo atribuyó al polvo de la casa y el asma de la que padecía. La verdad es que no le prestamos ni un poco de atención al evento hasta meses más tarde.

Las primeras semanas…

Al principio gozamos de mucha tranquilidad. Pintamos las paredes, cambiamos las luces y unas cuantas cosas más. Y justo el día que terminaba de desempacar la última caja de la cocina, las cosas comenzaron a ponerse un tanto extrañas. Esa noche, mi hijo menor de seis años comenzó a tener pesadillas. Lo atribuimos al cambio de casa y a los nervios por la escuela nueva. Sin embargo, a mí algo no me tenía del todo contenta esos días.

Cuando nadie estaba en casa

Utilicé uno de los cuartos de la casa para convertirlo en mi oficina. Yo era contadora freelance en aquel tiempo, por lo que pasaba gran parte del día en casa. Comencé a sentirme observada y el aire de la casa me parecía algo pesado. En las noches comencé a padecer terrores nocturnos. Estos no eran para mí algo nuevo, pues de niña pasé muchas temporadas en cama de mis padres por esa razón. Mi marido estaba algo preocupado, pues se daba cuenta de que los niños y yo no nos sentíamos del todo seguros en la casa.

Comenzaron las peleas

Comencé a estar enferma desde que regresaron mis terrores nocturnos. En ese entonces, mi marido se volvió contra mí diciendo que era yo la culpable de que mis hijos tuvieran esas pesadillas. El hombre del que me enamoré estaba desapareciendo día con día. Peleábamos seguido, yo trataba de mantenerme de pie mientras día con día me sentía más y más cansada. Mis hijos insistían en que alguien los molestaba de noche, les hablaba al oído y no los dejaba dormir. Un día, harta de esto, dormí en el cuarto de los niños, pero esa noche no pasó nada.

Entonces un día mi marido vio algo

Fue mera casualidad. Yo me encontraba tan estresada en casa, que me di una escapada de una tarde a casa de una amiga. Se me hizo tarde y le dije a mi marido que lo mejor sería que yo regresara por la mañana, lo cual no le hizo gracia. Sin embargo, la casa de mi amiga se encontraba a un par de horas de camino, así que el tuvo que ceder. Esa noche mi familia salió de esa casa.

La huida

Mi marido se quedó en casa con los niños esa noche. Era muy común en aquellos días que nos acomodáramos en la cama matrimonial debido a las pesadillas de los niños. Sin embargo, esa noche mi esposo dejó a los niños en su cuarto. Cerda de las dos de la mañana, mi marido se despertó por los gritos de los niños. Pensando en que alguien había entrado en casa tomó el bat que teníamos detrás de la puerta y corrió al cuarto de los niños.

Entonces vio una figura

Entre la oscuridad vio una figura muy alta, negra y medio difuminada a mitad del cuarto. Los niños no paraban de gritar: “¿Lo ves, papá?”. Mi marido se quedó unos minutos pasmado, mientras los niños corrían a tomarle la mano. Papá reaccionó y gritó: “¡Corran!”. Los niños corrieron y mi marido tomó las llaves del auto. Todos terminaron en casa de mi amiga, Cuando los tres llegaron en plena madrugada me moría del miedo. Mi marido llegó con la piel casi en blanco mientras mis hijos solo podía verme con una cara de entre espanto y alivio.

El terror terminó ese día, esa noche nadie volvió a casa. Vendimos la casa y regresamos al mes del suceso solo a recoger lo indispensable. Nunca más hemos puesto un pie ni en esa calle ni en la casa. Tampoco intentamos averiguar nada sobre ella. Para mí fue un gran alivio habernos librado de esa pesadilla y agradezco a Dios haberle abierto los ojos a mi marido esa noche.

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