7 cosas que he aprendido de mis relaciones fallidas

Tanto tú como yo hemos tenido relaciones fallidas, aunque el número que acumulemos no sea el mismo. Es un hecho que en el momento una ruptura duele, y mucho. Sentimos que se nos va la vida y que ya no tiene ningún sentido seguir, pero ¡bah! Esas son patrañas. Tal vez al leer esto creas que estoy amargada y que el amor me ha tratado mal; que por eso me expreso así. No es por tener que dar explicaciones, pero no, no soy amargada ni he dejado de creer en el amor. He aprendido a ver las cosas y las relaciones con otros ojos para evitar pasar por los mismos errores. ¿Qué chiste tendría haber pasado por algo que me lastimó si volveré a caer en eso una y otra vez?

Relaciones fallidas

En un principio me apenaba hablar de ellas. Incluso decía: “No, a mí no me va a pasar”, “yo sí sé distinguir a un canijo”, “nadie me romperá el corazón”. Bien dicen que “nunca digas nunca”, pues terminará pasándote algo de lo que tanto te protegías. El punto es que después de andar de habladora, terminé saliendo con chicos que muy a mi pesar, me enseñaron valiosas lecciones. Debo reconocer que en el momento los odié y quería golpearlos. Ahora, con más años y madurez (ja, ja, ja), agradezco que se hayan cruzado en mi camino. De no ser por ellos probablemente seguiría regándola en asuntos del corazón.

1. La vida no se termina

Cuando terminó mi primera relación amorosa sentía que el mundo se derrumbaba ante mí. Me la pasaba llorando, sacando mocos, limpiándolos y volviendo a llorar. Le dije a mi mamá que todo se había terminado para mí. Que sin él no tenía sentido continuar y que ya no sabía qué hacer con mi vida. Pasaron los primeros días y sí fueron bastante complicados. Pasó un mes, dos meses, tres meses, y de repente (ah, caray) me di cuenta de que seguía viva. Más viva que nunca. Comprobé que una ruptura no había acabado conmigo y entendí que ninguna ruptura lo haría.

2. Siempre dejan un aprendizaje

Comprobé que todas las relaciones fallidas dejaban un aprendizaje. De mí dependía qué tan bien o mal podía tomar el asunto. Como dije, al principio sufrí y mucho, demasiado diría yo. Ya después entendí que era válido llorar uno, dos, tres días a lo máximo. Después de eso tenía que levantar la frente y seguir. En toda la transición entendí que cada una de las relaciones me dejaba un mensaje. Yo tenía que descifrarlo, descubrir si había sido culpa mía o del otro. En ese sentido siempre he sido sensata y acepto cuando yo soy la que la riega. Al principio no sabía cómo analizarme y para ayudarme estaban mis amigas. Ellas me hablaban con la verdad y podían decirme: “Sí, la regaste por andar de malvada”, “qué bueno que te alejaste de ese patán”. Siempre pedí sinceridad de su parte para saber qué era lo que estaba mal. Gracias a todo eso, más lo que mi mamá me decía y mi objetividad, pude darme cuenta de muchos errores míos y de ellos.

3. Pretextos hay miles

Si algo me quedó claro es que cuando quieres estar con alguien, simplemente lo estás. Cuando “quieres” pero hay pretextos, la señal de que no hay interés es más que obvia. Al principio me engañaba a mí misma y justificaba a todos esos humanoides que daban pretextos. Incluso me peleé varias veces con mi mamá o mis amigas por lo mismo. Les fastidiaba que defendiera a personas que no valían una discordia entre ellas y yo. Después de tantos pretextos que me ponían los susodichos, me di cuenta de que era yo quien no quería aceptar la realidad. Ahora ya no es así y es una ganancia para mí.

4. No debo dar explicaciones de todo lo que hago

Estar en una relación no significa que des santo y seña de lo que haces cada cinco minutos. Sí debe haber confianza y comunicación, pero no se trata de monitorear las actividades del otro. Hasta cierto punto eso asfixia y termina cansando a la persona que sufre el monitoreo. Yo no acostumbro ser así y por ende pido lo mismo. Sin embargo, me tocaron algunos obsesionados que querían saber qué hacía cada minuto. Obvio, no les iba a decir si estaba haciendo pis.

5. Valoro el tiempo en soledad

He tenido muchas amigas que en cuanto salen de una relación van y se meten a otra. A veces peor que aquella de la que habían salido. Yo prefiero quedarme un tiempo en soledad, justamente para analizar qué salió mal, ¿y por qué no?, para tomar un poco de aire. Tener un break entre cada relación no es malo, al contrario, te ayuda a estar bien contigo, que es lo más importante.

6. Jamás cambies a tu familia por un hombre

Cuando estás en una relación, sientes que flotas y que toda tu vida se enfoca en ese ser. La realidad es que a pesar del amor o ilusión  que tengas por ese hombre, debes tener los pies bien fijos en la tierra. Ni siquiera por él debes pelearte o alejarte de tu familia. Piensa que el hombre puede irse de tu vida, pero tu familia, para bien o para mal, estará siempre contigo.

7. Siempre piensa primero en ti

Sonará un poco egoísta, pero incluso cuando quieras darle todo a esa persona, primero enfócate en ti. Si tú estás bien contigo, podrás estar bien con él. De lo contrario no funcionará la relación ni nada de nada. Muchas veces tendemos a entregarle todo a la otra persona y ese es el peor error, pues al hacerlo te quedas vacía. No permitas que eso te suceda.

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